martes, 20 de diciembre de 2022

La Caja (sin terminar).

(Contiene spoilers de las obras citadas. Se recomienda verlas antes de leer la reseña).


Trayectoria.

La obra de Lorenzo Vigas, desde mi aproximación, es una puesta en escena de resentimientos crudos que ya parecen ser la huella de su dirección cinematográfica. Tomas creativas y con una expresividad admirable de una mezcla de mil emociones a fuego lento que sobrepasa el hervor: odio, decepción, impotencia, lealtad enfermiza y, curiosamente, una pizca de esperanza inocente que hipnotiza al más joven siempre. 

Digo, al final de cuentas es difícil darse cuenta que el mundo es cruel sólo porque puede. 


Como base de mi juicio quiero presentar dos de sus creaciones cinematográficas, el cortometraje "Los elefantes nunca olvidan" (2004) y su película más reciente: "La Caja" (2021). 

Quién sabe qué andará tramando para su próxima filmación, pero sí nos ha dejado puntos bien conectados, es claro. Claro como la Crystal Pepsi. 


Elefante, el que recuerda caras a costa de historias.


En el cortometraje, ambientado en un camino rural de Colombia, un par de hermanos se consiguen una pistola cargada para dispararla contra un padre que les maltrató y abandonó. Pero "Elefante" (apodo que se ganó por aparentemente "nunca olvidar una cara") ni siquiera los recuerda. 

"¿Van juntos?, "¿son novios?" les pregunta. Se interesa por el pueblo de procedencia de los chicos. "Ahí te espero, preciosa" se dirige a la hermana de Juan luego de invitarles a comer sancocho. 


"Mátalo, Juan" susurra ella cuando ven a Elefante plácidamente dormido a dos metros, en una camioneta que está justo cruzando el espacio muerto que hay entre dos pueblos, donde con facilidad podrían haber huido sin deuda social. Porque andan sobre tierras sin ley. Juan no lo hace, algo le impide disparar el arma cargada. 

¿De verdad fueron tan insignificantes para el hombre que nunca olvida? 


Elefante despierta aún sin percatarse de que se trata de sus hijos. La escena que me interesa más es la final: el hijo, con el corazón destrozado dos veces, corre cuando se da cuenta que la última oportunidad de tener las agallas para matar a su padre se está yendo. Lo persigue y le apunta, pero queda paralizado. ¿Por qué no lo mató?, ¿qué podía estar esperando?

¿Una disculpa, tal vez?, ¿un cierre?, ¿arrepentimiento o algún tipo de validación por parte de su padre?

Yo no lo culparía. Había que hacerle sentir terror ante la posibilidad de morir porque de otra forma nunca se disculparía, pero no había que matarlo. Realmente nunca fue opción. Lo que Juan quería era ganarse el cariño de su papá (o su odio, cualquier cosa menos el olvido) a punta de pistola. 


Pero en su lugar recibió una bofetada y que le llamara pendejo mientras le pedía respeto para sus mayores. 

Quizá habría sido mejor nunca buscar a su papá, mejor un lienzo con mil posibilidades que la certeza del monstruo que tenía por padre.


La caja.


Lo mismo pienso ocurre con La Caja, al final de cuentas: Hatzin es un adolescente capitalino que es enviado por su abuela con diabetes a Chihuahua para recoger una caja de metal, enorme y horriblemente diseñada, donde supuestamente están las cenizas de su padre: Esteban Espinoza Leyva. 

La escena es muy cruda, pero le repiten al chico que fue afortunado. No mucha gente tiene la suerte de recuperar las cenizas de sus familiares en situaciones como esa. 

Uno puede deducir qué es lo que Hatzin siente. ¿Y si abriera la caja?, ¿cómo saber que son las cenizas de su padre y no simple polvo de piedra que recogido de las minas?, ¿acaso si lograra abrir la caja encontraría alguna diferencia? 

No, yo lo he visto. El amor más profundo no hace que las cenizas tomen forma. Ni forma ni consuelo ni significado ni nada. ¿En cuál parte de todo ese polvo se tradujeron las manos?, ¿siquiera se rescató algo de ellas? ¿Tres kilos?, ¿cuatro?, ¿y eso es todo?

Uno tiene que imaginarse que ahí donde mecánicamente se creman cuerpos y luego se guardan en cajas (con algo de suerte cajas bonitas de madera, un cristo y barniz despostillado) se interesan un poco y rezan una oración por cada alma.


Para un adolescente como Hatzin, que apenas recordaba a su padre y probablemente había idealizado su regreso, era todavía más difícil aceptar que se había quedado sin mamá cerca y sin papá lejos. 

Bien dicen que una parte del luto es la negación: ya de camino a la Ciudad de México, con el INE de Esteban en mano, ve en la calle frente a sí un hombre que vaya a saber si de verdad se parecía al papá, pero en quien depositó su esperanza inocente en el instante en que lo vio. Su papá regalaba chamarras, le dijeron, no podía ser sino un buen hombre. Y valía la pena quedarse a cientos de kilómetros de casa por él. Por la ilusión tímida de haber encontrado a papá.

Carlos le corrigió, "ese no es mi nombre. Estás confundido". El hombre no tenía rastro de acento citadino. No llevaba cinco años en el mercado de maquilas para el puesto que tenía y el sueldo que cobraba. Estaba con seguridad casado y esperando bebé. Tenía una casa grande y una camioneta, dirigía gente y camiones por todo Chihuahua buscando migrantes que necesitaran dinero con urgencia. 

Era evidente que Carlos, rubio, no era el hombre de cabello oscuro que estaba retratado en la INE que el alma de Hatzin atesoraba. Pero ¿quién iba a hacer caso de razones cuando el shock, la soledad y la imposibilidad de procesar emociones tan pesadas le habían orillado a refugiarse en fantasías todavía más pesadas?


Fantasías por yunques. 


Hay ilusiones que decidimos creer al punto de depositar en ellas todo sentido. Y parece ser un hecho que el sentido es el tronco que alimenta toda forma de vida.

Para Hatzin, la ilusión casi le cuesta la vida. Cuando menos, su libertad.


Si bien Carlos eventualmente aceptó que el chico se quedara con él, dejaba claro con sus acciones que la estancia y la fantasía estaban condicionadas: Hatzin sumaba puntos por saber operaciones matemáticas, serle leal y probarse útil y obediente.

Y sumó los suficientes para trabajar con Carlos y ganarse su simpatía. Pero poco a poco la desilusión llegó, con ella el recuerdo de su padre muerto y las esperanzas quebradas, la desolación de habitar la enormidad ajena y la bomba parecía no tener ni contador ni llenadera. 

¿Eran emociones habituales para Hatzin?, ¿o la anhedonia lo había enfermado a muerte? 


Cuando Hatzin comprobó que este hombre no sólo no era su papá, sino que además explotaba gente y se aprovechaba de la incompetencia del Estado para hacer lo que quisiera y decidió delatarlo y alejarse, todo cambió. 

"Yo también recuerdo cuando te meabas encima de mí. Pero nadie puede saberlo". Dos frases que se ataron a cada tobillo del chico.




 











la purification de l'âme chez toi (tout est chez toi)

  Baudelaire,  Rimbaud,  Verlaine, … Mallarmé, Corbière, el arte puro de Ben Vautier y Fluxus.  Antes de ti Una temporada en el infierno y ...