"¿Qué es lo más bello del mundo?", me preguntó un compañero en clase; contesté rápido, tratando de dar con la génesis de todas las cosas incomparables y aun así cutivadoras que conozco, que pienso que el lenguaje debe ser lo más bello que existe. Está bien, no creo que importe mucho si digo ahora que no puede dar con lo más bello que existe.
De cualquier manera, me interesó más a mí su pregunta de lo que a él mi respuesta. La intención, supe ver, no era sólo preguntarme por lo bello.
Probablemente estoy confundiendo lo más bello que existe con la entidad que más potencial de creación de belleza tiene, pero no logro distinguir las líneas que dividen al creador de la creación.
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No me rindo en tratar de hallar un camino que me lleve a la respuesta, aun no fiándome del rigor de mi pensamiento.
Por ello es que, mientras más me adentro en lo que elegí -sin mucha previsión, por cierto- como el cauce que tomaría mi vida, más me convenzo de la importancia del poder creativo que tiene el lenguaje en todas sus etapas (formulación, omisión, pulcritud, reemplazamiento, invención, pronunciamiento, gesticulación, afanosa recepción, interpretación, intento de entendimiento,... En resumen, fusión de estrellas, el paso del ser por hábito a un salto al vacío hacia el suicidio y la reinvención, ambos metafísicos) para la aprehensión de la belleza ya existente y la creación de nuevos niveles en los que lo bello se significa y resignifica.
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Hace una semana y tres días exactos, conocí en carne propia la otredad completa y hasta el momento no he asimilado como imaginé que lo haría la crudeza con que irrumpe hasta en lo inimaginable: pienso ahora que si mañana mismo tuviese mi primera conversación con cualquier francoparlante, el tinte de predictibilidad abismal que ambos asumiríamos, cada uno sobre el mundo del otro, me devolverían antes y contra toda la marea de mi voluntad, a mi mundo, también predecible hasta en lo variable, que esta otredad que surge de todos lados con violencia, que no deja un solo detalle a la comprensión por puro gusto, porque yo esperaría que siendo de la misma ciudad compartiésemos cualquier cosa, calles, aire, avenidas, caminos, hábitos, palabras o ademanes,... cualquier indicio