trying to hold onto my humanness, so I
touch the grass,
hold hands,
feel the music,
it’s the closest thing I have to magic.
El color de mi hambre es rojo, y busca roer cada pedacito de bondad que puede esconderse entre los rincones que mis vísceras tejen.
Uno no puede vencer a ni huir de su propio pensamiento, y cualquier esfuerzo por trascender el límite de la subjetividad es, por mucho, engañoso; apenas una mirada aturdida en las sombras que conducen hacia el cuerpo incierto de lo Otro. Lo 'Otro', sea lo que sea que es, es inalcanzable, incognoscible, y el hambre es entonces siempre insaciable.
Y mi hambre derrama por entre las rupturas del cemento, confisca los segundos que tengo de apreciación, sobre labios de carne dibuja otros labios que dicen lo que sin saber quiero escuchar, y pretende, para mí, haber encontrado algo, aun mientras ensordece mis sentidos.
Creo que mi deseo es expresar mi miedo a ser cautivada, a que mi corazón conozca el sufrimiento del género humano y que aún así, al llegar a casa, me espere un refrigerador repleto de comida y agua caliente en la ducha. Quiero nunca olvidar el carácter de entereza que poco a poco conozco en esta gente, en mi gente, ambición de una verdadera libertad, una que yo misma no puedo siquiera imaginar.
Me gustaría entender el arte de vivir una vida que, aún coartada, limitada, herida, fragmentada en cuerpo, es en alma y mente insumisa.
Quiero para mi pueblo la luz de las culturas que son libres incluso con las manos atadas, de espíritus de una libertad incontenible, inalienable y quiero que el pueblo tenga siempre en mente un espíritu revolucionario y liberador que nos recuerde que, citando a Galeano, “ La pobreza no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un oscuro designio de Dios. Corren años de revolución, tiempos de redención”.
El color de mi hambre, en contraste, es mostro joven antes del macerado y la fermentación.
Es color intangible, color tinto de uva corinta que cae traslúcido, no entinta, pero ha sido vendido y adquirido tantas veces que puedo apenas nombrarlo propio.
Es color tinto porque no puede ser rojo, es color de mi hígado porque no puede ser el color de mi corazón, es mostro porque no embriaga.
Es el color de mi hambre tan amarga que empalaga, dulce de uva; es, dolorosamente, a medias. Es hambre capitalista, consumida en su consumismo, es moneda de cambio, es el color de la ambición y de la juventud que se sabe limitada.
Es color vino porque es impura, es vid porque se sabe católica y no pox porque se sabe comercial, colonizada. Vid y no Pox porque se sabe herética pero no libre.
Qué más quisiera que el color de mi hambre fuera un color completo, que fuera roja. Que supiera escuchar y fuera cristalina como el agua de algún cenote.
Cuando viajo por el sur de mi país, visto blanco y presto atención.
Y pienso en que me gustaría decir que yo no habitaría la casa grande.
Y me gustaría decir que escribo por escribir sin limitarme, como si mi amor por la vida fuera más grande que mi miedo por repetirme, repetirles, saberme esencialmente inculta, hambrienta.
Pero sé que hay más que las condiciones que me han formado, que hay un más allá de la ambición occidental, que hay un más allá del consumismo, del capitalismo ciego y sordo capaz de poner precio a vidas y tierras todas por igual. En la Otredad, en lo inapreciable monetariamente, en lo inapropiable está lo que le trasciende, una libertad extraña, ajena, una belleza armónica que sabe escuchar iguales y no ordenar subordinados y, sobre todo, una forma de hacer filosofía que, en respuesta al Dr. José Gaos sobre su preocupación por la filosofía americana, relata nuestra historia y da respuesta a nuestras propias problemáticas como pueblos de una misma América Latina.