Estoy segura que hay musgo tejiendo vida debajo de cada centímetro de loza dentro de mi habitación. Lo sé porque le escucho esperar, le escucho aquella vocecita impaciente por que algún día me recueste, cierre los ojos y le permita embriagarme de olvido.
Escucho el verdor sin vergüenza que habita mis paredes, escucho pasto diminuto que germina en las esquinas que no cuido.
Y yo, desde que me quedé sin alma para sentir, deseo pronto ceder.
Deseo que el verdor del musgo sin miedos ni esperanzas me salve, deseo que me convierta en lo que el silencio es para la poesía, lo que la oscuridad es para la melancolía, lo que es la luna para quien vive en soledad.
Desearía no más desear, y me pregunto si cuando reúna la valentía para dejarme habitar, dejarme -aun inhospita- ser hospedaje, sentiré todavía aquel par de dedos fríos y húmedos que se dan a la tarea de dibujar diario sobre las muescas de mi cerebro o si, por fin, seré libre. Si pronto podré soltar el peso de la nada infinita que me imprime en el cerebro el vacío más agotador del mundo.
Me pregunto si podré gestionar el terror al sentir mis cuerdas vocales infestadas de una vida frágil que con dulzura me consuma; si sentiré cosquillas entre mis hemisferios cuando el sol húmedo de verano germine en cada uno de ellos docenas de flores. Me pregunto si mis miedos y los de las flores son compatibles, si acaso se marchitaran antes de florecer de tanto beber miedos estériles como los míos.
Me pregunto también si los suyos, sus miedos-alas-frágiles-de-mariposa me harán volver el alma (Es maldad: sé que soy inhabitable, pero no lo confieso).
Me pregunto si me convertiré en una réplica de la vida más allá de mi individualidad, y lo único que le pido a Dios es que me permita seguir respirando. No morir sino hacer de mi cuerpo vida salvaje, nunca salvada: sin miedos, sin sueños, aunque hasta el último instante de mi consciencia lo pase deseando, deseando y volviendo a desear.
Deseando, con toda franqueza, no ser habitada.
Deseando no haber cedido ante la espera imprudente del tierno musgo que comenzó por invadirme desde hace rato ya, sin saber que le escribía yo una y mil odas. Una y mil romantizaciones, como siempre, de la vida bella, incluso si implica la muerte.
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