lunes, 5 de mayo de 2025

la purification de l'âme chez toi (tout est chez toi)

 Baudelaire, 

Rimbaud, 

Verlaine, …


Mallarmé, Corbière, el arte puro de Ben Vautier y Fluxus. 

Antes de ti Una temporada en el infierno y Las flores del mal, ¿recuerdas, en tu memoria infinita?

Antes, Diarios íntimos de alguien que nunca te conoció, Los amantes de la muerte antes de ti…

todo ello hacía sentido.


Antes de ti una madre cuya muerte el hijo no lamentó, una madre cuyo único registro de vida fue un telegrama que nadie lloró, 

antes de ti el calabozo sin salida de Borges.

Antes de ti, las ferrocarrileras de San Pedro Sula y un hombre intoxicado, enfermo de la vida del empresario, huyendo en tren a Tegucigalpa.


De ti, antes, un lirio rojo pintado sobre los testículos de un hombre consumido por la perversión lánguida, antes de ti un pistilo trazado a través del tronco y hasta el glande.


Antes de ti, el sexo entre dos personas ebrias bajo un puente podrido en París por la noche y la muerte de Rocamadour.

Antes de ti, abrigo sobre vestido sobre abrigo sobre falda para ocultar la feminidad, esconderla, protegerle.

Antes de ti, los hospitales en quiebra, las prisiones, los burdeles, purgatorios. Antes de ti, sólo aguardiente para calmar la sed.


Todo eso hacía sentido antes de que tus pupilas reflejaran un mundo que no depara sino la más cómica simpleza, ligera como la brisa que corre presurosa de una costa a otra.


Si me enjuago en perlas, si muero para renacer, ¿aún querrás construirnos una casa a las afueras de la ciudad?


¿Aún quieres que tus hijos sean los míos?


Antes de ti, lo tabú. 

Antes de ti, el reloj que robaba entre risas el tiempo de las manos del esteta.


Antes de ti, la poesía utilitarista al servicio de la religión, de la moral, de la metafísica. 


Es una mentira que Rimbaud retrataba el mundo crudo como es, cifrado, ajeno.

Tú siempre lo supiste, que nada guarda secreto alguno. 

Tú lo sabías, que no fue con malicia que Dios ocultó la clave de la Naturaleza.


Antes de ti, un río fragmentado en mil pedazos al golpear sus propias piedras,

cristales que no hacían ruido al quebrarse,

 anteojos que deformaban las palabras. 


Antes de tu mirada, un cielo que recogía una a una las estrellas de una ciudad perdida, de día, porfiada;

antes de ti, ni un himno a la Belleza. 


Contigo, soleils couchants, des lunes qui arrivent et ne laissent jamais la mer s’enlever. 

Avec toi, des langues qui s'épanouissent et qui nous lèchent le noème. Avec toi, la vie simple que Dieu nous a promis.


Avec toi, un soleil qui reste, for good.

Avec toi, un soleil qui se baigne le matin dans la mer, a wet sun, jeune, frais. Un soleil blanc qu’on pourrait goûter. 

Avec toi, kisses like white strawberries 

and a warm shower avant d'aller dormir.


Mais, ¿quoi après?


Rien.

A new beginning for you.


Si tu pars pour toujours, je ne veux pas te devoir de l'amour

Ne veux pas me devoir, à moi même, la vie restreinte d’un amour que se sentait incassable, éternel.


martes, 3 de septiembre de 2024

Tinte verde para la sangre.

 Estoy segura que hay musgo tejiendo vida debajo de cada centímetro de loza dentro de mi habitación. Lo sé porque le escucho esperar, le escucho aquella vocecita impaciente por que algún día me recueste, cierre los ojos y le permita embriagarme de olvido.

Escucho el verdor sin vergüenza que habita mis paredes, escucho pasto diminuto que germina en las esquinas que no cuido.


Y yo, desde que me quedé sin alma para sentir, deseo pronto ceder.

Deseo que el verdor del musgo sin miedos ni esperanzas me salve, deseo que me convierta en lo que el silencio es para la poesía, lo que la oscuridad es para la melancolía, lo que es la luna para quien vive en soledad.


Desearía no más desear, y me pregunto si cuando reúna la valentía para dejarme habitar, dejarme -aun inhospita- ser hospedaje, sentiré todavía aquel par de dedos fríos y húmedos que se dan a la tarea de dibujar diario sobre las muescas de mi cerebro o si, por fin, seré libre. Si pronto podré soltar el peso de la nada infinita que me imprime en el cerebro el vacío más agotador del mundo.


Me pregunto si podré gestionar el terror al sentir mis cuerdas vocales infestadas de una vida frágil que con dulzura me consuma; si sentiré cosquillas entre mis hemisferios cuando el sol húmedo de verano germine en cada uno de ellos docenas de flores. Me pregunto si mis miedos y los de las flores son compatibles, si acaso se marchitaran antes de florecer de tanto beber miedos estériles como los míos.

Me pregunto también si los suyos, sus miedos-alas-frágiles-de-mariposa me harán volver el alma (Es maldad: sé que soy inhabitable, pero no lo confieso).


Me pregunto si me convertiré en una réplica de la vida más allá de mi individualidad, y lo único que le pido a Dios es que me permita seguir respirando. No morir sino hacer de mi cuerpo vida salvaje, nunca salvada: sin miedos, sin sueños, aunque hasta el último instante de mi consciencia lo pase deseando, deseando y volviendo a desear.

Deseando, con toda franqueza, no ser habitada.

Deseando no haber cedido ante la espera imprudente del tierno musgo que comenzó por invadirme desde hace rato ya, sin saber que le escribía yo una y mil odas. Una y mil romantizaciones, como siempre, de la vida bella, incluso si implica la muerte.

miércoles, 14 de agosto de 2024

El color de mi hambre.

 trying to hold onto my humanness, so I

touch the grass, 

hold hands,

feel the music, 

it’s the closest thing I have to magic.




El color de mi hambre es rojo, y busca roer cada pedacito de bondad que puede esconderse entre los rincones que mis vísceras tejen.


Uno no puede vencer a ni huir de su propio pensamiento, y cualquier esfuerzo por trascender el límite de la subjetividad es, por mucho, engañoso; apenas una mirada aturdida en las sombras que conducen hacia el cuerpo incierto de lo Otro. Lo 'Otro', sea lo que sea que es, es inalcanzable, incognoscible, y el hambre es entonces siempre insaciable.


Y mi hambre derrama por entre las rupturas del cemento, confisca los segundos que tengo de apreciación, sobre labios de carne dibuja otros labios que dicen lo que sin saber quiero escuchar, y pretende, para mí, haber encontrado algo, aun mientras ensordece mis sentidos.


Creo que mi deseo es expresar mi miedo a ser cautivada, a que mi corazón conozca el sufrimiento del género humano y que aún así, al llegar a casa, me espere un refrigerador repleto de comida y agua caliente en la ducha. Quiero nunca olvidar el carácter de entereza que poco a poco conozco en esta gente, en mi gente, ambición de una verdadera libertad, una que yo misma no puedo siquiera imaginar. 

Me gustaría entender el arte de vivir una vida que, aún coartada, limitada, herida, fragmentada en cuerpo, es en alma y mente insumisa.

Quiero para mi pueblo la luz de las culturas que son libres incluso con las manos atadas, de  espíritus de una libertad incontenible, inalienable y quiero que el pueblo tenga siempre en mente un espíritu revolucionario y liberador que nos recuerde que, citando a Galeano, “ La pobreza no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un oscuro designio de Dios. Corren años de revolución, tiempos de redención”.


El color de mi hambre, en contraste, es mostro joven antes del macerado y la fermentación. 

Es color intangible, color tinto de uva corinta que cae traslúcido, no entinta, pero ha sido vendido y adquirido tantas veces que puedo apenas nombrarlo propio.

Es color tinto porque no puede ser rojo, es color de mi hígado porque no puede ser el color de mi corazón, es mostro porque no embriaga.

Es el color de mi hambre tan amarga que empalaga, dulce de uva; es, dolorosamente, a medias. Es hambre capitalista, consumida en su consumismo, es moneda de cambio, es el color de la ambición y de la juventud que se sabe limitada.


Es color vino porque es impura, es vid porque se sabe católica y no pox porque se sabe comercial, colonizada. Vid y no Pox porque se sabe herética pero no libre.


Qué más quisiera que el color de mi hambre fuera un color completo, que fuera roja. Que supiera escuchar y fuera cristalina como el agua de algún cenote.


Cuando viajo por el sur de mi país, visto blanco y presto atención. 

Y pienso en que me gustaría decir que yo no habitaría la casa grande. 

Y me gustaría decir que escribo por escribir sin limitarme, como si mi amor por la vida fuera más grande que mi miedo por repetirme, repetirles, saberme esencialmente inculta, hambrienta. 


Pero sé que hay más que las condiciones que me han formado, que hay un más allá de la ambición occidental, que hay un más allá del consumismo, del capitalismo ciego y sordo capaz de poner precio a vidas y tierras todas por igual. En la Otredad, en lo inapreciable monetariamente, en lo inapropiable está lo que le trasciende, una libertad extraña, ajena, una belleza armónica que sabe escuchar iguales y no ordenar subordinados y, sobre todo, una forma de hacer filosofía que, en respuesta al Dr. José Gaos sobre su preocupación por la filosofía americana, relata nuestra historia y da respuesta a nuestras propias problemáticas como pueblos de una misma América Latina.


jueves, 25 de mayo de 2023

Primera parte sobre lo bello (sin terminar).

"¿Qué es lo más bello del mundo?", me preguntó un compañero en clase; contesté rápido, tratando de dar con la génesis de todas las cosas incomparables y aun así cutivadoras que conozco, que pienso que el lenguaje debe ser lo más bello que existe. Está bien, no creo que importe mucho si digo ahora que no puede dar con lo más bello que existe.

De cualquier manera, me interesó más a mí su pregunta de lo que a él mi respuesta. La intención, supe ver, no era sólo preguntarme por lo bello.

Probablemente estoy confundiendo lo más bello que existe con la entidad que más potencial de creación de belleza tiene, pero no logro distinguir las líneas que dividen al creador de la creación.

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No me rindo en tratar de hallar un camino que me lleve a la respuesta, aun no fiándome del rigor de mi pensamiento.

Por ello es que, mientras más me adentro en lo que elegí -sin mucha previsión, por cierto- como el cauce que tomaría mi vida, más me convenzo de la importancia del poder creativo que tiene el lenguaje en todas sus etapas (formulación, omisión, pulcritud, reemplazamiento, invención, pronunciamiento, gesticulación, afanosa recepción, interpretación, intento de entendimiento,... En resumen, fusión de estrellas, el paso del ser por hábito a un salto al vacío hacia el suicidio y la reinvención, ambos metafísicos) para la aprehensión de la belleza ya existente y la creación de nuevos niveles en los que lo bello se significa y resignifica.

-


Hace una semana y tres días exactos, conocí en carne propia la otredad completa y hasta el momento no he asimilado como imaginé que lo haría la crudeza con que irrumpe hasta en lo inimaginable: pienso ahora que si mañana mismo tuviese mi primera conversación con cualquier francoparlante, el tinte de predictibilidad abismal que ambos asumiríamos, cada uno sobre el mundo del otro, me devolverían antes y contra toda la marea de mi voluntad, a mi mundo, también predecible hasta en lo variable, que esta otredad que surge de todos lados con violencia, que no deja un solo detalle a la comprensión por puro gusto, porque yo esperaría que siendo de la misma ciudad compartiésemos cualquier cosa, calles, aire, avenidas, caminos, hábitos, palabras o ademanes,... cualquier indicio

Ejercicio de ego 1. Escrito hace un buen rato y corregido hoy domingo 12 de mayo.

 Queda lo que dejaste pendiente. Descansa gélido en el fondo del océano lo poco que nos queda. 

En definitiva te has ido; yo me he ido con vos,

me he consumido como incienso en tus palmas,

y desde que vos te fuiste, yo dejé de buscar el amor,

lo dejé de buscar porque uno sabe la partida. No es triste, aun así. Sé que se me ha ido como se va un sueño, como se queda quieta y lúgubre la noche luego de extinguir una hoguera, se me ha ido como se le va la vida a medio mundo, sin que se note demasiado.

Con todo, es algo (nada no ha de ser) decir que el cielo de mi alma llegó cuando vos eras vos, y murió como muere dulcemente una flama de vela de vainilla de supermercado aquella vez que agonizaste, tú flor de temprana primavera, y te hiciste polvo sobre tus sábanas, que eran mi lugar preferido.


Ahora beso al aire anhelando que se apiade y me devuelva tu calor,

y cierro los ojos para hacer el amor a la memoria de tus dedos, que me recorrían con toda la curiosidad religiosa con la que uno acariciaría una nube si cualquiera de ellas prestará atención al calor húmedo del sol sobre campos verdes y deseara bajar.


Pero vos ya no sos vos,

esto que sos ahora es tan humano que duele,

tan humano que me ha hecho estallar como cristal el corazón,

tan, tan humano, que parecería que sos sólo un cuerpo, que ya no recuperaste el alma, que por dentro estás lleno de sangre que corre y corre y que no tenés espacio ya, que no te quedó en todo el cuerpo algún rincón donde entrara un solo gramo de éter.

Vos olvidaste acá el alma, acá se te quedó,

y te juro que la dejé reposar en agua de río para que flotase, 

le besé toda la inmaterialidad,

me quedé con ceniza por labios porque era tu alma una forma tan luminosa de la divinidad que era tu cuerpo el que debía racionarla para mí, conmigo, ante mí, de mí, por mí, ¡Dios!, para mí.

Y se la ha llevado el Sol incoherente que se deja lentamente caer para contemplar enamorado a la Luna cuando se pone, aquel Sol de Eros que, aun embriagado en luz blanca de Luna, es infiel y te besa diario el cuerpo a vos.


Te rogaría incluso que, de creer en algo, creyeras en esto. Pero me he quedado sola, sin vos, sola sin vos y vos sin alma porque ese fue el costo de dejarme de amar.


- myth.

jueves, 16 de marzo de 2023

Versión rara: Dios quiera que sea porque besé a un ángel.

16/03/2023.


Últimamente, con muchísima más frecuencia de la que me gustaría, encuentro indiferencia y apatía en mi alma. Temo que la sorpresa y el encanto por los detalles en donde reside la dulzura del mundo se oculten por el resto de mi vida cuando las busque.


Cuando mi abuela falleció, un cuatro de enero por la madrugada hace dos años, no reparé en el resto de cosas que perderíamos. Perdimos el fruto de la unión y sólo resta el intento, ya estéril. 

Mamá también luce diferente, ella perdió lo perdido antes que yo. Ya no ríe igual, ríe con tristeza. Ama con tristeza, se sirve el café en pasado y no en presente, nos sirve el café como si no nos gustara de la misma manera desde hace ya años. Olvidó que no me gusta solo, olvidó que a mi papá no le gusta solo, que a mi hermano le gusta rebajado, que le gusta el café lechero. Cuando me mira, es sin mirarme. Cuando despierta, es con pesar. Y se va a dormir con urgencia por la noche cuando llega. 

Y aunque no quiera contarme, sé qué es. Su tristeza me ha llenado el cerebro de piedras y los pulmones de agua, y me hace querer traspasar las barreras entre lo vivo y lo muerto porque parece ser allá el único lugar de donde puedo traer la calidez con la que sonreía de vuelta. ¿Habrá olvidado con mi abuela su corazón y nunca pudo recuperarlo sino como cenizas luego de la cremación?, que tome el mío. 

Que tome de mí lo que desee, que tome cualquier cosa que haga desaparecer el dolor del que me platica con todo menos con palabras, porque de todas maneras verla llevar vapor de alma en el rostro para todos lados fue corroyendo la mía.


Regalarle mi vida como le regalaría cualquier otra cosa que me hiciera feliz, hecha un río aparentando solidez, con el pecho abierto y el corazón pendiendo de arterias-hilo llorando por gotear sangre, de vivarachos hilos-arteria pretendiendo elegancia por gotear sangre. 

Así como mi abuelo y sus dos padres, que se buscaron la muerte y partiendo de la muerte tejieron cada uno sus vidas sin darse cuenta que tejían una misma tragicomedia.


No sé si es delirio, si estoy alucinando, si es que yo decoro con melancolía mis pupilas y veo la catástrofe propia del nihilista hasta en lo más bello, y deseo que sea eso antes que esto que diré sea una verdad, pero pienso que nunca hemos sido vitalidad, es casi genético, casi ancestral, en cada palabra hay una sed muy muy antigua de muerte, contenida en corazones como barricas que oxigenan una misma paradoja viviente en cada tío, cada abuelo, cada sobrino, cada madre, hermano, nieto, cada bisabuelo.



Lo bueno es que nunca me he quejado del destino, yo hundí poco a poco a lo largo de los años cada fracción de mi cuerpo en él. Fijé la vista en él cuando me di cuenta que no podría huir ni luchar contra él, desde muy muy cerca, tanto como el enfoque me permitiera. Desde muy lejos aquella vez que me creí más grande que él y le reté. Desde lo que entendí como su arriba, su abajo. De cabeza y con los pies bien plantados en el suelo, lo miré esa ocasión que recuerdo que estuve tan ebria que me quité la blusa, lo miré en drogas y lo miré sentada en el suelo de mi recámara dispuesta a hacer un trato con él, mi libertad a cambio de lo que quisiera.

Luego lo toqué, primero algún borde cualquiera con la yema del índice.

Está hecho de la más exquisita inmaterialidad, el grado perfecto de masallaísmo porque, aun en su inteligibilidad, es generoso.

martes, 20 de diciembre de 2022

La Caja (sin terminar).

(Contiene spoilers de las obras citadas. Se recomienda verlas antes de leer la reseña).


Trayectoria.

La obra de Lorenzo Vigas, desde mi aproximación, es una puesta en escena de resentimientos crudos que ya parecen ser la huella de su dirección cinematográfica. Tomas creativas y con una expresividad admirable de una mezcla de mil emociones a fuego lento que sobrepasa el hervor: odio, decepción, impotencia, lealtad enfermiza y, curiosamente, una pizca de esperanza inocente que hipnotiza al más joven siempre. 

Digo, al final de cuentas es difícil darse cuenta que el mundo es cruel sólo porque puede. 


Como base de mi juicio quiero presentar dos de sus creaciones cinematográficas, el cortometraje "Los elefantes nunca olvidan" (2004) y su película más reciente: "La Caja" (2021). 

Quién sabe qué andará tramando para su próxima filmación, pero sí nos ha dejado puntos bien conectados, es claro. Claro como la Crystal Pepsi. 


Elefante, el que recuerda caras a costa de historias.


En el cortometraje, ambientado en un camino rural de Colombia, un par de hermanos se consiguen una pistola cargada para dispararla contra un padre que les maltrató y abandonó. Pero "Elefante" (apodo que se ganó por aparentemente "nunca olvidar una cara") ni siquiera los recuerda. 

"¿Van juntos?, "¿son novios?" les pregunta. Se interesa por el pueblo de procedencia de los chicos. "Ahí te espero, preciosa" se dirige a la hermana de Juan luego de invitarles a comer sancocho. 


"Mátalo, Juan" susurra ella cuando ven a Elefante plácidamente dormido a dos metros, en una camioneta que está justo cruzando el espacio muerto que hay entre dos pueblos, donde con facilidad podrían haber huido sin deuda social. Porque andan sobre tierras sin ley. Juan no lo hace, algo le impide disparar el arma cargada. 

¿De verdad fueron tan insignificantes para el hombre que nunca olvida? 


Elefante despierta aún sin percatarse de que se trata de sus hijos. La escena que me interesa más es la final: el hijo, con el corazón destrozado dos veces, corre cuando se da cuenta que la última oportunidad de tener las agallas para matar a su padre se está yendo. Lo persigue y le apunta, pero queda paralizado. ¿Por qué no lo mató?, ¿qué podía estar esperando?

¿Una disculpa, tal vez?, ¿un cierre?, ¿arrepentimiento o algún tipo de validación por parte de su padre?

Yo no lo culparía. Había que hacerle sentir terror ante la posibilidad de morir porque de otra forma nunca se disculparía, pero no había que matarlo. Realmente nunca fue opción. Lo que Juan quería era ganarse el cariño de su papá (o su odio, cualquier cosa menos el olvido) a punta de pistola. 


Pero en su lugar recibió una bofetada y que le llamara pendejo mientras le pedía respeto para sus mayores. 

Quizá habría sido mejor nunca buscar a su papá, mejor un lienzo con mil posibilidades que la certeza del monstruo que tenía por padre.


La caja.


Lo mismo pienso ocurre con La Caja, al final de cuentas: Hatzin es un adolescente capitalino que es enviado por su abuela con diabetes a Chihuahua para recoger una caja de metal, enorme y horriblemente diseñada, donde supuestamente están las cenizas de su padre: Esteban Espinoza Leyva. 

La escena es muy cruda, pero le repiten al chico que fue afortunado. No mucha gente tiene la suerte de recuperar las cenizas de sus familiares en situaciones como esa. 

Uno puede deducir qué es lo que Hatzin siente. ¿Y si abriera la caja?, ¿cómo saber que son las cenizas de su padre y no simple polvo de piedra que recogido de las minas?, ¿acaso si lograra abrir la caja encontraría alguna diferencia? 

No, yo lo he visto. El amor más profundo no hace que las cenizas tomen forma. Ni forma ni consuelo ni significado ni nada. ¿En cuál parte de todo ese polvo se tradujeron las manos?, ¿siquiera se rescató algo de ellas? ¿Tres kilos?, ¿cuatro?, ¿y eso es todo?

Uno tiene que imaginarse que ahí donde mecánicamente se creman cuerpos y luego se guardan en cajas (con algo de suerte cajas bonitas de madera, un cristo y barniz despostillado) se interesan un poco y rezan una oración por cada alma.


Para un adolescente como Hatzin, que apenas recordaba a su padre y probablemente había idealizado su regreso, era todavía más difícil aceptar que se había quedado sin mamá cerca y sin papá lejos. 

Bien dicen que una parte del luto es la negación: ya de camino a la Ciudad de México, con el INE de Esteban en mano, ve en la calle frente a sí un hombre que vaya a saber si de verdad se parecía al papá, pero en quien depositó su esperanza inocente en el instante en que lo vio. Su papá regalaba chamarras, le dijeron, no podía ser sino un buen hombre. Y valía la pena quedarse a cientos de kilómetros de casa por él. Por la ilusión tímida de haber encontrado a papá.

Carlos le corrigió, "ese no es mi nombre. Estás confundido". El hombre no tenía rastro de acento citadino. No llevaba cinco años en el mercado de maquilas para el puesto que tenía y el sueldo que cobraba. Estaba con seguridad casado y esperando bebé. Tenía una casa grande y una camioneta, dirigía gente y camiones por todo Chihuahua buscando migrantes que necesitaran dinero con urgencia. 

Era evidente que Carlos, rubio, no era el hombre de cabello oscuro que estaba retratado en la INE que el alma de Hatzin atesoraba. Pero ¿quién iba a hacer caso de razones cuando el shock, la soledad y la imposibilidad de procesar emociones tan pesadas le habían orillado a refugiarse en fantasías todavía más pesadas?


Fantasías por yunques. 


Hay ilusiones que decidimos creer al punto de depositar en ellas todo sentido. Y parece ser un hecho que el sentido es el tronco que alimenta toda forma de vida.

Para Hatzin, la ilusión casi le cuesta la vida. Cuando menos, su libertad.


Si bien Carlos eventualmente aceptó que el chico se quedara con él, dejaba claro con sus acciones que la estancia y la fantasía estaban condicionadas: Hatzin sumaba puntos por saber operaciones matemáticas, serle leal y probarse útil y obediente.

Y sumó los suficientes para trabajar con Carlos y ganarse su simpatía. Pero poco a poco la desilusión llegó, con ella el recuerdo de su padre muerto y las esperanzas quebradas, la desolación de habitar la enormidad ajena y la bomba parecía no tener ni contador ni llenadera. 

¿Eran emociones habituales para Hatzin?, ¿o la anhedonia lo había enfermado a muerte? 


Cuando Hatzin comprobó que este hombre no sólo no era su papá, sino que además explotaba gente y se aprovechaba de la incompetencia del Estado para hacer lo que quisiera y decidió delatarlo y alejarse, todo cambió. 

"Yo también recuerdo cuando te meabas encima de mí. Pero nadie puede saberlo". Dos frases que se ataron a cada tobillo del chico.




 











la purification de l'âme chez toi (tout est chez toi)

  Baudelaire,  Rimbaud,  Verlaine, … Mallarmé, Corbière, el arte puro de Ben Vautier y Fluxus.  Antes de ti Una temporada en el infierno y ...